León (Reino de León). 21 de abril de 1188
Aún no sé cómo he llegado a este momento. Todo pasó muy rápido. En el claustro de la basílica, en su espacio maldito. Todo estaba calculado, estoy segura, y sin embargo, era demasiado espontáneo, como fruto de un caprichoso azar. Desde ese momento mi vida cambió radicalmente. Ahora ya no sé quién soy. El suelo se desliza bajo mis pies, como si se estuviera convirtiendo en un ancho mar que estuviera esperando el momento para engullirme…
Ya estaba todo dispuesto. El rey Alfonso IX de León, tras su coronación, había configurado todo para poder ser el rey más avanzado a su tiempo y de paso, granjearse la lealtad de todos sus súbditos. Era una jugada arriesgada, pues convocar a los tres estamentos en una misma sala, a nobles y a plebeyos, era jugársela al todo o nada.
Sabía que Castilla tendría ojos y oídos en todo lo que allí aconteciese. Súbdito en el pasado, ahora se levanta como un lobo hambriento, creyendo oveja a quien siempre fue pastor. El rey leonés tenía una difícil situación que pretendía resolver con solvencia, con éxito y para eso había apostado a los mejores hombres del reino en todos los flancos. Nadie escaparía con vida si intentaba boicotear el histórico acto. El primer parlamento de la historia medieval de Occidente. Algo insólito y que encumbraría al reino a los anales de la historia.
Alfonso aún no se atrevía a entrar en la basílica. El corazón le palpitaba, le iba muy acelerado. Si la nobleza y el alto clero consideraban ese acto como un insulto, su posición quedaría en entredicho y Castilla estaría al acecho para reivindicar un reino que siempre fue su señor.
Los representantes de las ciudades más importantes del reino, hacían su aparición ante la atenta mirada de los nobles y el clero, que les miraban con desprecio. Muchos de ellos pensaban que era indigno que aunque solo fuera por un segundo, sus personas se equipararan, pero en sus mentes ya estaba la idea de sacar partido de la histórica ocasión. Hablarían con el rey y le convencerían de darles más poder, porque si la plebe podía codearse con ellos, entonces eso significaba que también habría de subir su importancia en el reino. De no ser satisfechas sus peticiones, amenazarían al monarca con una sublevación en nombre de su primo, Alfonso VIII de Castilla, la cosa que más podía asustar a Alfonso IX…
Después de esperar media hora, el rey se personó. Cruzó todo el claustro ante la inquisitiva mirada de sus súbditos y se sentó en la silla del trono que habían puesto al fondo del recinto. Miró al pregonero real y le hizo una señal casi imperceptible. Su juventud no le impedía demostrar cierta majestuosidad.
-¡Se hace saber que hoy, día 21 de abril del año de nuestro Señor Jesucristo de 1188, pasados tres meses desde la coronación de nuestro amadísimo monarca, Alfonso IX, rey de León y de Galicia, es de común información para todos sus súbditos, entre los cuales me incluyo, que por su excelentísima virtud y disposición, ha tenido a bien convocar a todos los representantes de los tres estamentos para, por primera vez en la Cristiandad, dirimir los asuntos del reino, que tendrán oficio y mandato a partir del día de hoy!
La acción del pregonero provocó un sinfín de murmullos que tuvo que callar el sargento del reino por mediación del joven rey, pues tan solo contaba con 16 años de edad, pero el cual estaba dispuesto a estar a la altura de su padre, Fernando II.
-¡Mis leales y fieles súbditos, es un honor y un privilegio estar hoy aquí junto a vosotros en esta oportunidad histórica! ¡Nuestra hazaña no quedará en el olvido, pues desde hoy somos el primer reino de la Cristiandad que inaugura las primeras cortes en las que están representados los tres estamentos que componen cualquier reino!-gritaba el rey para hacerse oír.
>>¡Sí, sé que vosotros, mis notables nobles y, vosotros, mis devotos clérigos, os podéis sentir amenazados en vuestros privilegios, pero nada más lejos de la realidad!-trataba de tranquilizarlos-. ¡Si hoy se encuentran aquí los representantes de las principales ciudades del reino, no es por otro motivo que poder escuchar lo que tienen que decir, pues tras las continuas repoblaciones de las tierras allende el Duero, he de decir que quizá hemos descuidado la atención de esos nuevos súbditos!-esto convenció a medias a los notables del reino. La mayoría de los más destacados nobles y clérigos se oponían a esta cumbre y miraban con recelo al nuevo rey, tan alejado de las costumbres de su padre, Fernando II.
Entre los representantes de las ciudades, se hallaba Lope, quien lo hacía por la primera ciudad del reino, León. A su lado, estaba su hijo, o mejor dicho, quien todo el mundo daba por hecho que era su hijo, porque en realidad era Leonor, su hija, que desde hace años se hacía pasar por su hermano, aquel que no existía y nunca existió, solo para poder ayudar a su padre en la fragua que poseía, muy cerca de Puerta Obispo. Para ello siempre llevaba el pelo corto, negro como la noche y la ausencia de barba, aún era disimulada por su edad, dieciocho años hace poco cumplidos. Las ropas, evidentemente, también eran de hombre, sencillas, sin remiendos, que no era poco para la época. La gente se maravillaba de la belleza de querubín que tenía el joven Alonso, que así es como era conocida para encubrir su sexo.
Las cortes parlamentarias pasaron sin demasiado revuelo, en contra de lo que creían Lope y Leonor. Como representante de León, el herrero, tuvo que dar fe de su procedencia y comentar al joven rey la postura de la ciudad de León y sus sugerencias. En cuanto lo dijo pensó que iban a arrestarlo. Pero todo lo contrario a lo que pasó. En cuanto acabaron las Cortes, vino lo inesperado…
El conde palatino, junto con más nobles de la corte, se quedaron junto al rey. Tres representantes de las ciudades quisieron rendir pleitesía al monarca en señal de respeto y agradecimiento por haberles invitado. Estos eran Lope, el representante de León, el representante de Zamora y el representante de Salamanca.
Leonor, que se fue del claustro como mandaba el decoro, esperaba a las afueras de la basílica la salida de su padre. Un grupo de hombres armados y vestidos ricamente hablaba entre ellos. Eso le llamó la atención, pues en sus gestos se vislumbraba un guiño de complicidad y eso le dio mala espina. Con discreción siguió todos sus movimientos, que al final les llevaron a entrar en la basílica de San Isidoro. Leonor, como movida por una fuerza superior, les siguió a una distancia prudencial. Era evidente que esos hombres tenían un objetivo y no precisamente muy noble…
-¡Un momento! ¿Qué haces aquí[1]?-le dijo un sacerdote a Leonor. Ella se quedó con el gesto contrariado y se debatía entre seguir a esos hombres o contestar al cura.
-Estoy buscando a mi padre-le acabó diciendo.
-¿Y quién es tu padre?
Mientras ella pensaba qué responder, alguien tocó en el hombro del sacerdote y le llamó a un aparte. Era el obispo de Astorga y como tal no podía ignorarle. Ella aprovechó para colarse de nuevo en la basílica, pero con el fastidio de haber perdido el rastro de los cuatro hombres. Pisó algo que hizo que estuviera a punto de caerse al suelo. Se agachó y lo recogió para observarlo más de cerca. Era un pañuelo de color negro con una cruz circulada en blanco. No había visto un símbolo así en su vida.
Escuchó un ruido y, rápidamente, se metió dentro de un confesionario.
-¿Dónde está?-preguntó uno de los cuatro hombres a un sacerdote.
-Está dentro. Muy cerca del rey. Va vestido de azul con rayas grises.
-Muy bien, espero que así sea, porque de lo contrario, tu cabeza acabará en una pica…
El sacerdote tragó saliva. Estaba aterrado ante la atronadora voz de su interlocutor, de barba negra y ojos casi negros. Su corpulencia asustaba con solo verle. Leonor les siguió con la mirada. Era evidente que marchaban hacia el claustro, pero ¡allí estaban su padre y el rey!
-Una pregunta…-dijo el sacerdote con timidez.
-¿Qué quieres?-respondió el hombre de la barba negra de muy malas formas.
-¿Y mi pago?
-Ah, sí, se me olvidaba…
El hombre sacó una daga de su cinto y se la clavó hasta la empuñadura al sacerdote. Acto seguido, entre dos, llevaron su cuerpo hasta el confesionario. Justo donde estaba Leonor, que se escurrió por un lateral a tiempo, escondiéndose detrás del confesionario. Podía oler el hedor que desprendían esos rudos hombres. Era la primera vez que veía un muerto en su vida. Las náuseas acudieron a su garganta, pero consiguió controlarse.
Una vez metieron el cuerpo en el confesionario, siguieron su camino. Leonor se levantó y les siguió los talones sin dejarse ver. Entraron en el claustro. El rey conversaba animadamente con tres nobles y tres plebeyos, entre los que se encontraba su padre. Leonor se sentía ansiosa, como si le pesara la ropa un quintal. Tenía mucho miedo por lo que pudiera pasarle a su padre.
Se escondió detrás de una columna, justo donde estaban las imágenes de los laboratori[2]. Delante de ella se ocultaban de las miradas del rey y los que le acompañaban. Leonor creyó saber lo que pretendían esos cuatro.
-Allí está el contacto. Espero que Castilla haya hecho bien su trabajo…-anunció uno de ellos.
-¡¡Shhhh!!-le mandó callar el hombre de la espesa barba-. ¡Inconsciente, las paredes tienen oídos!-le reprendió. El reprochado se sintió intimidado-.Y ahora poneos los embozos, ¡vamos!
Todos le hicieron caso y se pusieron la capucha solo dejando ver los ojos. Al fondo, el hombre de azul con rayas grises sacó una daga y se lanzó contra Alfonso IX.
-¡Noooo!-gritó Lope abalanzándose sobre el agresor.
Los cuatro embozados salieron de entre las sombras y atacaron a los tres nobles y a los representantes de Zamora y Salamanca, con el objeto de distraerles para que el hombre de azul culminara su tarea.
El rey, joven e inexperto, tan solo acertó a echarse para atrás por acto reflejo y cuando quiso sacar su espada, su pretendido asesino, le acuchilló la mano. Lope se echó sobre el hombre de azul y forcejeó durante unos segundos. El rey, con la espada en el suelo y, doliéndose de su mano, la cual sangraba abundantemente, no podía defender al valiente herrero que le estaba salvando la vida.
Lope sacó una extraña daga de mango metálico y trató de atacar al hábil agresor, que en estos momentos sacó otra daga y contraatacó al herrero, siendo herido en el costado derecho. Leonor observaba la escena con el corazón en un puño, paralizada, sin poder mover un músculo. El herrero se defendía como podía, pero su adversario era muy hábil y volvió a conseguir herirle. Esta vez en el brazo izquierdo. El herrero, sabiendo que no iba a salir con vida, se puso entre el asesino y su rey. Este arreció en sus golpes y cuchilladas. Recibió dos nuevos tajos. Uno de ellos una cuchillada en el abdomen. Leonor salió de su escondite por fin y acudió a salvar a su padre.
-¡¡¡Nooooooooo!!!-exclamaba presa del terror.
Los nobles del reino, que aún se mantenían en pie, porque los dos representantes estaban muertos por los cuatro hombres que atacaban a los nobles sin piedad, se quedaron todos de una pieza al ver salir a ese joven enloquecido, incluidos los cuatro conspiradores.
A pocos metros de llegar hasta su padre, el hombre de azul acababa con la vida de su padre. Leonor, completamente enajenada, golpeó una y otra vez al hombre de azul que, sorprendido, no pudo dar una buena respuesta y se le cayeron las dos dagas debido a la furia de ese chico que lloraba desconsoladamente. El rey cogió una de ellas con su mano izquierda e intentó atacar a su agresor, que se zafó con destreza. Los tres nobles, aún heridos, redujeron el espacio con el monarca y acudieron en su ayuda. El hombre de azul salió corriendo a la carrera de allí. Los cuatro hombres embozados quisieron atacarles, pero hicieron lo mismo y se dieron a la fuga, dos de ellos, seriamente heridos.
-¡Volveremos, el rey de León morirá!-gritó uno de ellos.
Leonor cogía entre sus manos la cabeza de su padre, el cual agonizaba en sus últimos momentos de vida.
-Padre…-decía mientras lloraba sin consuelo.
-Hija, hija mía. Te quiero…le dijo antes de morir.
-Y yo, padre…
Arkab cierra el libro con los ojos humedecidos. La princesa Noctua llora sin poder contenerse.
-Si es como pone aquí, ya sabemos dónde está la tumba de Leonor…
-Ya, pero ¿por qué iba a querer saber eso el Enmascarado? ¿Qué valor tiene? Incluso si profanara sus restos, nada conseguiría.
-Es evidente que algo guarda esa tumba que se nos escapa. Leonor se llevó un secreto al más allá y creo que él sabe cuál es, o al menos cree conocerlo…-asegura Arkab.
-Seguramente los borealis ya estaban detrás de su tumba.
-En eso mismo estaba pensando, alteza. Es muy probable…
-En ese caso, hemos de darnos prisa o, aunque tengamos el manuscrito en nuestro poder, temo que lleguemos tarde de igual manera.
-Alteza, creo que es conveniente que informemos al resto de la Cúpula.
-No puedo estar más de acuerdo. Es de vital importancia ponerlo en su conocimiento.
-Muy bien. Como princesa más antigua, convocad las Cortes. Yo he de hacer una cosa primero en el Reino y bajaré en dos horas al Principado.
-Lo haré ahora mismo, majestad-le dice pensando en qué será eso que entretendrá al rey en su cámara.
[1] En la Edad Media y esta parte que nos ocupa, la Plena Edad Media, el tuteo solo era moneda de cambio cuando alguien se dirigía a otro de inferior rango. Por ejemplo, un noble a un plebeyo, un padre a un hijo (depende del caso) o un hombre a una prostituta, etc.
[2] 12 imágenes pintadas en las paredes y techos del pórtico del claustro de la Basílica de San Isidoro de León que representan las fases de la cosecha. Por ello se le ha llamado la Capilla Sixtina del Románico.